Una argentina en la murga uruguaya
Por Natalia Alvarez
Verónica Gruñeiro tiene 27 años y trabaja como asistente en una Central de Medios. Estudió el Profesorado de Historia, aunque hace cuatro años que no cursa, confiesa que le faltan nueve materias para recibirse pero que no cree que lo termine, “al menos por ahora”.
Nueve horas por día, Verónica está trabajando. Sin embargo, encuentra espacios para hacer algo que realmente le gusta: baila y canta en una murga uruguaya.
¿Desde cuándo estás en la murga?
Empecé en un taller de Alejandro Balbis en el Centro Cultural de la Cooperación, en agosto de 2004.
¿Cómo y por qué decidiste ingresar?
Por una cuestión casi inevitable: el género murga uruguaya era completamente desconocido para mí, y cuando lo escuché me cautivó por causas que sería largo explicar, y que en realidad no sé si están demasiado claras. Siempre me gustó la música, pero nunca tuve el gusto muy orientado hacia un género en especial. Y la murga uruguaya consiste justamente en una especie de “collage” de melodías y ritmos, que con elementos propios definen el género en sí… El carnaval montevideano es un movimiento muy amplio, y la murga en especial también lo es. Hay muchos estilos de murga uruguaya, distintas formas de percusión, de arreglar el coro, de estética, de escribir textos…
Entonces, me gustó lo que estaba viendo y escuchando, y toda la mística que rodea a la murga, que la hay… Y de eso a necesitar estar aunque sea desde un taller, de poder cantar, hubo un solo paso.
¿Qué encontraste en este espacio de la murga?
Por ahora, una de las pocas cosas que más me gusta hacer. Algo que no implica perder el tiempo, sino por el contrario. Es el tiempo mejor empleado. Y varios amigos y algunos conocidos que aprecio mucho. Es el lugar donde puedo hacer lo que más me gusta.
Aparte de divertido y alegre, ¿Cómo es el ambiente de los murgueros? ¿Cómo es la relación entre los integrantes del grupo?
No es divertido ni alegre en tanto “ambiente murguero”. Se generan situaciones alegres por la situación de reunión de muchas personas con un gusto en común. Pero la gente que está involucrada en esto no es por definición divertida ni alegre. Creo que nos definen mucho mejor la melancolía, la tristeza crónica, la desilusión, el inconformismo con el mundo, con uno mismo, con el lugar donde estamos… Es una sensación muy personal. Además, se trasunta en las letras, la estética, la cosmovisión en general de los murguistas, por supuesto no hay una común para todos. Lo que nos define es lo que hacemos y lo que escuchamos. Es un ambiente bastante heterogéneo, además. En el grupo en que estoy actualmente por ejemplo hay personas de 60 años y de 18.
¿Cómo nació el grupo y a que se debe el nombre “Desalojados del querer”?
El nombre surgió en realidad como nombre para espectáculo, que consiste en una serie de canciones que hablan del amor, en general… y, por extensión, digamos, le quedó el mismo nombre al grupo.
¿Cuántas horas le dedicas?
Cuando estamos con funciones en puerta, como ahora, ensayamos tres veces por semana, entre dos y tres horas cada vez. Aparte de eso hay otras cosas que hacer, ideas que aportar, preparar la ropa para que esté bien el día del toque, comprar maquillajes, hacer pegatinas, gacetillas, mails publicitando, sin contar que uno tiene en mente casi todo el tiempo la idea del espectáculo.
¿Cómo se conforma el grupo? ¿Cada uno tiene una función específica?
El grupo nació en julio de 2007, por iniciativa de Alejandro Balbis. Alejandro es un músico uruguayo que vive acá desde hace unos años. Fue componente, arreglador y director de varias murgas uruguayas muy importantes (Falta y Resto, Contrafarsa, Asaltantes con Patente). Para nosotros es un referente inevitable. Él convocó a varios de sus alumnos de los talleres que hace años viene dirigiendo, y armó este grupo de treinta personas.
En el coro somos 30 cantores divididos en cuatro subgrupos, según los registros vocales de los integrantes. Hay un director escénico y arreglador que también canta, dos guitarristas y un percusionista, que además cantan y colaboran en la dirección escénica y en los arreglos corales. Hay un letrista y una persona que se encarga de la puesta en escena, que incluye los movimientos físicos de los cantores.
Luego hay diferentes funciones en cuanto a la organización del grupo; algunos se dedican a lo que es prensa y difusión, otros a comprar y armar elementos para la escenografía, otros maquillamos. Incluso familiares o amigos de algunos de los cantores colaboran diseñando la página web, afiches, vendiendo entradas.
¿Dónde hacen las presentaciones y cómo solventan los gastos?
En diciembre y abril, nos presentamos varias veces en un teatro de San Telmo (La Máscara). Cantamos también en salones de milonga, en el Hospital Borda y en algunas muestras de otros talleres. Para solventar los gastos, juntamos plata entre todos, una cuota fija para pagar el alquiler de sala de ensayo, sueldo del arreglador, maquillaje, elementos para la puesta, imprenta, producción del disco que hemos grabado… Como, obviamente, hay más gastos que entradas por el momento, cada uno aporta lo que puede en caso de que los gastos superen a la ganancia de las entradas.
¿Tenés un rédito económico a raíz de la murga?
No. Como dije, por ahora no. Los cantores lisos y llanos (exceptuando al director, que es un gran músico y trabaja de eso), gastamos plata para poder cantar y que nos escuchen. Es una buena inversión.